
El año pasado, en mi ciudad, El Trébol, Santa Fe, Argentina, se organizó el primer Congreso de Mujeres que Inspiran, un evento impulsado por la Municipalidad. Fui convocada para conducirlo en el Teatro Cervantes, ubicado frente a la Plaza San Martín. Un teatro increíblemente hermoso, que me transporta a otra dimensión cada vez que entro. Ojalá algún día puedan conocerlo; por supuesto, están todos y todas invitadas.
El evento consistía en entrevistar a tres mujeres inspiradoras y referentes locales, junto a tres mujeres destacadas a nivel nacional.
Siempre hablo del síndrome de la impostora porque lo viví durante muchos años. Me alejó de muchas oportunidades, me frenó y me impidió hacer cosas que deseaba. Durante mucho tiempo, ni siquiera sabía que lo que me pasaba tenía un nombre, hasta que un día dije basta. Ese momento de quiebre fue entre 2004 y 2005, cuando empecé a cambiar mi mentalidad y a trabajar en mi crecimiento. Sabía que me esperaban cosas grandes, pero ese sentimiento me retenía.
Cuando me convocaron para la conducción, dije que sí sin pensarlo. No tenía idea de lo que debía hacer, me fui enterando sobre la marcha: reuniones, conocer la historia de las entrevistadas, investigar, hacer preguntas, interiorizarme, armar una hoja de ruta y, sobre todo, pararme en un escenario frente a un auditorio lleno.
Para alguien cuyo mayor miedo siempre fue hablar en público, esto era un reto enorme. En el secundario, me llevaba materias solo porque no podía dar lecciones orales. No era por falta de estudio, sino por el pánico a exponerme frente a mis compañeros. De hecho, en el polimodal, mi curso de Humanidades tenía solo siete personas, y ni siquiera frente a ellas me animaba a hablar.
Aun así, dije que sí. Tal vez en el fondo tenía presente mi miedo, pero decidí esquivarlo y avanzar.
El día del evento, mientras me presentaban, mi pensamiento fue:
«¿Qué estoy haciendo acá arriba?»
El síndrome de la impostora me invadió por completo. Pero el siguiente pensamiento fue:
«Bueno, ya estamos en el baile… ¡Vamos a bailar!»
Al final, la conducción salió bastante bien. Recibí comentarios muy positivos y críticas constructivas que me motivaron aún más. Me di cuenta de que sí podía hacerlo, que había mucho por mejorar, pero que el desafío me había hecho crecer.
Por eso, hoy sé que cada vez que aparece el síndrome de la impostora, es porque estoy avanzando. Lo veo como una señal de que estoy en el camino correcto, de que estoy luchando por lo que quiero.
Mujer, que nada te detenga. Hacé lo que te propongas, con miedo, sin miedo, como te salga. Si las críticas son buenas, disfrutalas; si no lo son tanto, usalas para mejorar. Pero no te frenes.
La foto que acompaña este post es de ese día, un recuerdo de que, cuando me relajé y empecé a hablar, todo cambió.
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